lunes, 20 de abril de 2026

El idioma que no nos enseñaron, 2026/04/15

 


 

“El idioma que no nos enseñaron”

Hay amores que llegan envueltos en caricias,
en palabras suaves,
en besos que curan.
Y hay otros que llegan sin envoltura,
con las manos gastadas,
con la espalda cansada
y con silencios que pesan más que cualquier discurso.

Los padres de antes no sabían decir “te amo”.
No porque no lo sintieran,
sino porque a ellos tampoco se los dijeron.
Aprendieron que el amor no se pronuncia,
se demuestra.
Que querer no es un abrazo largo,
sino un plato caliente esperando en la mesa,
aunque ellos comieran después,
aunque no alcanzara para todos.

Ellos amaban sin tiempo,
sin descanso,
sin aplausos.
Amaban desde la madrugada,
cuando el cuerpo pedía parar
pero la responsabilidad no sabía de cansancio.
Amaban en cada cuaderno comprado con sacrificio,
en cada zapato nuevo mientras ellos usaban los viejos,
en cada ausencia necesaria
para construir un mañana que quizás
no llegarían a disfrutar.

Y uno crece creyendo que algo faltó.
Que no hubo suficiente ternura,
que no se escuchó el “te quiero” que tanto necesitábamos.
Pero la vida, sabia y lenta,
un día nos devuelve su imagen envejecida,
sus pasos más cortos,
sus manos temblorosas…
y entonces lo entiendes todo.

Entiendes que cuando preguntaban
“¿ya comiste?”
estaban diciendo “me importas más que yo”.
Que cuando se negaban algo para dártelo a ti,
estaban diciendo “te amo”.
Que cuando guardaron su miedo, su tristeza, su agotamiento,
era para que tú crecieras liviano,
sin cargas que no te correspondían.

Y cuando te haces adulto,
cuando el amor te empieza a doler en los huesos,
cuando entiendes lo que cuesta sostener a alguien,
descubres que no hay declaración más grande
que partirse en dos
para que otro esté completo.

Quizás nunca escuchaste esas palabras.
Pero están ahí.
En cada sacrificio.
En cada renuncia.
En cada noche sin descanso.

Porque el amor verdadero no siempre habla,
pero siempre actúa.
No siempre abraza,
pero siempre sostiene.

Hoy, donde quiera que estén,
vale la pena decirles —aunque sea en silencio—:
Ya entiendo, papá.
Ya entiendo, mamá.
Su amor nunca faltó.
Solo hablaba un idioma que tardé en aprender.”

Y ese entendimiento duele…
pero también sana.
Porque al final, comprender el amor de nuestros padres
es comprendernos a nosotros mismos.

Ojalá todos lleguemos a tiempo
para agradecerlo.
Me gustó mucho D.R.



Invocación realizada por Betty Valarezo, el 15 de abril de 2026.

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